MI LIBRERÍA, MI MUNDO

 

Una luz tenue alumbra la estancia. Un hombre solo está en un escritorio repasando una especie de inventario. Un montón de cajas llenas y estanterías vacías lo rodean. El hombre se incorpora y da un paseo por la habitación, “¿dónde irán todos estos libros?”, se pregunta mientras se rasca la cabeza.

Suspira fuertemente y vuelve a su escritorio. Pronto todo esto se verá convertido en una pulcra parafarmacia, donde el polvo y el olor de un libro no serán bien recibidos. Si algunas de las estanterías que pueblan la librería se conservan, estarán repletas de cepillos de dientes, condones o pastillas para la alopecia.  Donde antes estaban Dickens y Agatha Christie, ahora estarán Míster Desodorante y doña Crema de Manos. El hombre sonríe en la penumbra. Le hace gracia haber relacionado esos productos. Mira su reloj y resopla. Ya son las cuatro de la mañana. Se ha prometido pasar en vela la última noche de la que ha sido su casa durante años. Decide que ya está bien de números, y que las cuentas y facturas ya están lo suficientemente cuadradas. Pone en su teléfono una canción, y los auriculares. Él no ha sido siempre un hombre gris. Hubo un tiempo, en los primeros años de la librería, que bromeaba con los clientes, con sus compañeros, que flirteaba con aquella chica que traía los libros de una editorial que ahora no recuerda, y que se casó en aquella librería, entre sus amigos, pero han pasado muchos años de aquello (….continuará)

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